No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño. Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma. Mi propósito inmediato consiste en poner de manifiesto, simple, sucintamente y sin comentarios, una serie de episodios domésticos. Las consecuencias de esos episodios me han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no intentaré explicarlos. Si para mí han sido horribles, para otros resultarán menos espantosos que barrocos. Más adelante, tal vez, aparecerá alguien cuya inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes; una inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, capaz de ver en las circunstancias que temerosamente describiré, una vulgar sucesión de causas y efectos naturales.

Desde la infancia me destaqué por la docilidad y bondad de mi carácter. La ternura que abrigaba mi corazón era tan grande que llegaba a convertirme en objeto de burla para mis compañeros. Me gustaban especialmente los animales, y mis padres me permitían tener una gran variedad. Pasaba a su lado la mayor parte del tiempo, y jamás me sentía más feliz que cuando les daba de comer y los acariciaba. Este rasgo de mi carácter creció conmigo y, cuando llegué a la virilidad, se convirtió en una de mis principales fuentes de placer. Aquellos que alguna vez han experimentado cariño hacia un perro fiel y sagaz no necesitan que me moleste en explicarles la naturaleza o la intensidad de la retribución que recibía. Hay algo en el generoso y abnegado amor de un animal que llega directamente al corazón de aquel que con frecuencia ha probado la falsa amistad y la frágil fidelidad del hombre.

Me casé joven y tuve la alegría de que mi esposa compartiera mis preferencias. Al observar mi gusto por los animales domésticos, no perdía oportunidad de procurarme los más agradables de entre ellos. Teníamos pájaros, peces de colores, un hermoso perro, conejos, un monito y un gato.

Este último era un animal de notable tamaño y hermosura, completamente negro y de una sagacidad asombrosa. Al referirse a su inteligencia, mi mujer, que en el fondo era no poco supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia popular de que todos los gatos negros son brujas metamorfoseadas. No quiero decir que lo creyera seriamente, y sólo menciono la cosa porque acabo de recordarla.

Plutón -tal era el nombre del gato- se había convertido en mi favorito y mi camarada. Sólo yo le daba de comer y él me seguía por todas partes en casa. Me costaba mucho impedir que anduviera tras de mí en la calle.

Nuestra amistad duró así varios años, en el curso de los cuales (enrojezco al confesarlo) mi temperamento y mi carácter se alteraron radicalmente por culpa del demonio. Intemperancia. Día a día me fui volviendo más melancólico, irritable e indiferente hacia los sentimientos ajenos. Llegué, incluso, a hablar descomedidamente a mi mujer y terminé por infligirle violencias personales. Mis favoritos, claro está, sintieron igualmente el cambio de mi carácter. No sólo los descuidaba, sino que llegué a hacerles daño. Hacia Plutón, sin embargo, conservé suficiente consideración como para abstenerme de maltratarlo, cosa que hacía con los conejos, el mono y hasta el perro cuando, por casualidad o movidos por el afecto, se cruzaban en mi camino. Mi enfermedad, empero, se agravaba -pues, ¿qué enfermedad es comparable al alcohol?-, y finalmente el mismo Plutón, que ya estaba viejo y, por tanto, algo enojadizo, empezó a sufrir las consecuencias de mi mal humor.

Una noche en que volvía a casa completamente embriagado, después de una de mis correrías por la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo alcé en brazos, pero, asustado por mi violencia, me mordió ligeramente en la mano. Al punto se apoderó de mí una furia demoníaca y ya no supe lo que hacía. Fue como si la raíz de mi alma se separara de golpe de mi cuerpo; una maldad más que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de mi ser. Sacando del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí mientras sujetaba al pobre animal por el pescuezo y, deliberadamente, le hice saltar un ojo. Enrojezco, me abraso, tiemblo mientras escribo tan condenable atrocidad.

Cuando la razón retornó con la mañana, cuando hube disipado en el sueño los vapores de la orgía nocturna, sentí que el horror se mezclaba con el remordimiento ante el crimen cometido; pero mi sentimiento era débil y ambiguo, no alcanzaba a interesar al alma. Una vez más me hundí en los excesos y muy pronto ahogué en vino los recuerdos de lo sucedido.

El gato, entretanto, mejoraba poco a poco. Cierto que la órbita donde faltaba el ojo presentaba un horrible aspecto, pero el animal no parecía sufrir ya. Se paseaba, como de costumbre, por la casa, aunque, como es de imaginar, huía aterrorizado al verme. Me quedaba aún bastante de mi antigua manera de ser para sentirme agraviado por la evidente antipatía de un animal que alguna vez me había querido tanto. Pero ese sentimiento no tardó en ceder paso a la irritación. Y entonces, para mi caída final e irrevocable, se presentó el espíritu de la perversidad. La filosofía no tiene en cuenta a este espíritu; y, sin embargo, tan seguro estoy de que mi alma existe como de que la perversidad es uno de los impulsos primordiales del corazón humano, una de las facultades primarias indivisibles, uno de esos sentimientos que dirigen el carácter del hombre. ¿Quién no se ha sorprendido a sí mismo cien veces en momentos en que cometía una acción tonta o malvada por la simple razón de que no debía cometerla? ¿No hay en nosotros una tendencia permanente, que enfrenta descaradamente al buen sentido, una tendencia a transgredir lo que constituye la Ley por el solo hecho de serlo? Este espíritu de perversidad se presentó, como he dicho, en mi caída final. Y el insondable anhelo que tenía mi alma de vejarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer mal por el mal mismo, me incitó a continuar y, finalmente, a consumar el suplicio que había infligido a la inocente bestia. Una mañana, obrando a sangre fría, le pasé un lazo por el pescuezo y lo ahorqué en la rama de un árbol; lo ahorqué mientras las lágrimas manaban de mis ojos y el más amargo remordimiento me apretaba el corazón; lo ahorqué porque recordaba que me había querido y porque estaba seguro de que no me había dado motivo para matarlo; lo ahorqué porque sabía que, al hacerlo, cometía un pecado, un pecado mortal que comprometería mi alma hasta llevarla -si ello fuera posible- más allá del alcance de la infinita misericordia del Dios más misericordioso y más terrible.

La noche de aquel mismo día en que cometí tan cruel acción me despertaron gritos de: “¡Incendio!” Las cortinas de mi cama eran una llama viva y toda la casa estaba ardiendo. Con gran dificultad pudimos escapar de la conflagración mi mujer, un sirviente y yo. Todo quedó destruido. Mis bienes terrenales se perdieron y desde ese momento tuve que resignarme a la desesperanza.

No incurriré en la debilidad de establecer una relación de causa y efecto entre el desastre y mi criminal acción. Pero estoy detallando una cadena de hechos y no quiero dejar ningún eslabón incompleto. Al día siguiente del incendio acudí a visitar las ruinas. Salvo una, las paredes se habían desplomado. La que quedaba en pie era un tabique divisorio de poco espesor, situado en el centro de la casa, y contra el cual se apoyaba antes la cabecera de mi lecho. El enlucido había quedado a salvo de la acción del fuego, cosa que atribuí a su reciente aplicación. Una densa muchedumbre habíase reunido frente a la pared y varias personas parecían examinar parte de la misma con gran atención y detalle. Las palabras “¡extraño!, ¡curioso!” y otras similares excitaron mi curiosidad. Al aproximarme vi que en la blanca superficie, grabada como un bajorrelieve, aparecía la imagen de un gigantesco gato. El contorno tenía una nitidez verdaderamente maravillosa. Había una soga alrededor del pescuezo del animal.

Al descubrir esta aparición -ya que no podía considerarla otra cosa- me sentí dominado por el asombro y el terror. Pero la reflexión vino luego en mi ayuda. Recordé que había ahorcado al gato en un jardín contiguo a la casa. Al producirse la alarma del incendio, la multitud había invadido inmediatamente el jardín: alguien debió de cortar la soga y tirar al gato en mi habitación por la ventana abierta. Sin duda, habían tratado de despertarme en esa forma. Probablemente la caída de las paredes comprimió a la víctima de mi crueldad contra el enlucido recién aplicado, cuya cal, junto con la acción de las llamas y el amoniaco del cadáver, produjo la imagen que acababa de ver.

Si bien en esta forma quedó satisfecha mi razón, ya que no mi conciencia, sobre el extraño episodio, lo ocurrido impresionó profundamente mi imaginación. Durante muchos meses no pude librarme del fantasma del gato, y en todo ese tiempo dominó mi espíritu un sentimiento informe que se parecía, sin serlo, al remordimiento. Llegué al punto de lamentar la pérdida del animal y buscar, en los viles antros que habitualmente frecuentaba, algún otro de la misma especie y apariencia que pudiera ocupar su lugar.

Una noche en que, borracho a medias, me hallaba en una taberna más que infame, reclamó mi atención algo negro posado sobre uno de los enormes toneles de ginebra que constituían el principal moblaje del lugar. Durante algunos minutos había estado mirando dicho tonel y me sorprendió no haber advertido antes la presencia de la mancha negra en lo alto. Me aproximé y la toqué con la mano. Era un gato negro muy grande, tan grande como Plutón y absolutamente igual a éste, salvo un detalle. Plutón no tenía el menor pelo blanco en el cuerpo, mientras este gato mostraba una vasta aunque indefinida mancha blanca que le cubría casi todo el pecho.

Al sentirse acariciado se enderezó prontamente, ronroneando con fuerza, se frotó contra mi mano y pareció encantado de mis atenciones. Acababa, pues, de encontrar el animal que precisamente andaba buscando. De inmediato, propuse su compra al tabernero, pero me contestó que el animal no era suyo y que jamás lo había visto antes ni sabía nada de él.

Continué acariciando al gato y, cuando me disponía a volver a casa, el animal pareció dispuesto a acompañarme. Le permití que lo hiciera, deteniéndome una y otra vez para inclinarme y acariciarlo. Cuando estuvo en casa, se acostumbró a ella de inmediato y se convirtió en el gran favorito de mi mujer.

Por mi parte, pronto sentí nacer en mí una antipatía hacia aquel animal. Era exactamente lo contrario de lo que había anticipado, pero -sin que pueda decir cómo ni por qué- su marcado cariño por mí me disgustaba y me fatigaba. Gradualmente, el sentimiento de disgusto y fatiga creció hasta alcanzar la amargura del odio. Evitaba encontrarme con el animal; un resto de vergüenza y el recuerdo de mi crueldad de antaño me vedaban maltratarlo. Durante algunas semanas me abstuve de pegarle o de hacerlo víctima de cualquier violencia; pero gradualmente -muy gradualmente- llegué a mirarlo con inexpresable odio y a huir en silencio de su detestable presencia, como si fuera una emanación de la peste.

Lo que, sin duda, contribuyó a aumentar mi odio fue descubrir, a la mañana siguiente de haberlo traído a casa, que aquel gato, igual que Plutón, era tuerto. Esta circunstancia fue precisamente la que lo hizo más grato a mi mujer, quien, como ya dije, poseía en alto grado esos sentimientos humanitarios que alguna vez habían sido mi rasgo distintivo y la fuente de mis placeres más simples y más puros.

El cariño del gato por mí parecía aumentar en el mismo grado que mi aversión. Seguía mis pasos con una pertinencia que me costaría hacer entender al lector. Dondequiera que me sentara venía a ovillarse bajo mi silla o saltaba a mis rodillas, prodigándome sus odiosas caricias. Si echaba a caminar, se metía entre mis pies, amenazando con hacerme caer, o bien clavaba sus largas y afiladas uñas en mis ropas, para poder trepar hasta mi pecho. En esos momentos, aunque ansiaba aniquilarlo de un solo golpe, me sentía paralizado por el recuerdo de mi primer crimen, pero sobre todo -quiero confesarlo ahora mismo- por un espantoso temor al animal.

Aquel temor no era precisamente miedo de un mal físico y, sin embargo, me sería imposible definirlo de otra manera. Me siento casi avergonzado de reconocer, sí, aún en esta celda de criminales me siento casi avergonzado de reconocer que el terror, el espanto que aquel animal me inspiraba, era intensificado por una de las más insensatas quimeras que sería dado concebir. Más de una vez mi mujer me había llamado la atención sobre la forma de la mancha blanca de la cual ya he hablado, y que constituía la única diferencia entre el extraño animal y el que yo había matado. El lector recordará que esta mancha, aunque grande, me había parecido al principio de forma indefinida; pero gradualmente, de manera tan imperceptible que mi razón luchó durante largo tiempo por rechazarla como fantástica, la mancha fue asumiendo un contorno de rigurosa precisión. Representaba ahora algo que me estremezco al nombrar, y por ello odiaba, temía y hubiera querido librarme del monstruo si hubiese sido capaz de atreverme; representaba, digo, la imagen de una cosa atroz, siniestra…, ¡la imagen del patíbulo! ¡Oh lúgubre y terrible máquina del horror y del crimen, de la agonía y de la muerte!

Me sentí entonces más miserable que todas las miserias humanas. ¡Pensar que una bestia, cuyo semejante había yo destruido desdeñosamente, una bestia era capaz de producir tan insoportable angustia en un hombre creado a imagen y semejanza de Dios! ¡Ay, ni de día ni de noche pude ya gozar de la bendición del reposo! De día, aquella criatura no me dejaba un instante solo; de noche, despertaba hora a hora de los más horrorosos sueños, para sentir el ardiente aliento de la cosa en mi rostro y su terrible peso -pesadilla encarnada de la que no me era posible desprenderme- apoyado eternamente sobre mi corazón.

Bajo el agobio de tormentos semejantes, sucumbió en mí lo poco que me quedaba de bueno. Sólo los malos pensamientos disfrutaban ya de mi intimidad; los más tenebrosos, los más perversos pensamientos. La melancolía habitual de mi humor creció hasta convertirse en aborrecimiento de todo lo que me rodeaba y de la entera humanidad; y mi pobre mujer, que de nada se quejaba, llegó a ser la habitual y paciente víctima de los repentinos y frecuentes arrebatos de ciega cólera a que me abandonaba.

Cierto día, para cumplir una tarea doméstica, me acompañó al sótano de la vieja casa donde nuestra pobreza nos obligaba a vivir. El gato me siguió mientras bajaba la empinada escalera y estuvo a punto de tirarme cabeza abajo, lo cual me exasperó hasta la locura. Alzando un hacha y olvidando en mi rabia los pueriles temores que hasta entonces habían detenido mi mano, descargué un golpe que hubiera matado instantáneamente al animal de haberlo alcanzado. Pero la mano de mi mujer detuvo su trayectoria. Entonces, llevado por su intervención a una rabia más que demoníaca, me zafé de su abrazo y le hundí el hacha en la cabeza. Sin un solo quejido, cayó muerta a mis pies.

Cumplido este espantoso asesinato, me entregué al punto y con toda sangre fría a la tarea de ocultar el cadáver. Sabía que era imposible sacarlo de casa, tanto de día como de noche, sin correr el riesgo de que algún vecino me observara. Diversos proyectos cruzaron mi mente. Por un momento pensé en descuartizar el cuerpo y quemar los pedazos. Luego se me ocurrió cavar una tumba en el piso del sótano. Pensé también si no convenía arrojar el cuerpo al pozo del patio o meterlo en un cajón, como si se tratara de una mercadería común, y llamar a un mozo de cordel para que lo retirara de casa. Pero, al fin, di con lo que me pareció el mejor expediente y decidí emparedar el cadáver en el sótano, tal como se dice que los monjes de la Edad Media emparedaban a sus víctimas.

El sótano se adaptaba bien a este propósito. Sus muros eran de material poco resistente y estaban recién revocados con un mortero ordinario, que la humedad de la atmósfera no había dejado endurecer. Además, en una de las paredes se veía la saliencia de una falsa chimenea, la cual había sido rellenada y tratada de manera semejante al resto del sótano. Sin lugar a dudas, sería muy fácil sacar los ladrillos en esa parte, introducir el cadáver y tapar el agujero como antes, de manera que ninguna mirada pudiese descubrir algo sospechoso.

No me equivocaba en mis cálculos. Fácilmente saqué los ladrillos con ayuda de una palanca y, luego de colocar cuidadosamente el cuerpo contra la pared interna, lo mantuve en esa posición mientras aplicaba de nuevo la mampostería en su forma original. Después de procurarme argamasa, arena y cerda, preparé un enlucido que no se distinguía del anterior y revoqué cuidadosamente el nuevo enladrillado. Concluida la tarea, me sentí seguro de que todo estaba bien. La pared no mostraba la menor señal de haber sido tocada. Había barrido hasta el menor fragmento de material suelto. Miré en torno, triunfante, y me dije: “Aquí, por lo menos, no he trabajado en vano”.

Mi paso siguiente consistió en buscar a la bestia causante de tanta desgracia, pues al final me había decidido a matarla. Si en aquel momento el gato hubiera surgido ante mí, su destino habría quedado sellado, pero, por lo visto, el astuto animal, alarmado por la violencia de mi primer acceso de cólera, se cuidaba de aparecer mientras no cambiara mi humor. Imposible describir o imaginar el profundo, el maravilloso alivio que la ausencia de la detestada criatura trajo a mi pecho. No se presentó aquella noche, y así, por primera vez desde su llegada a la casa, pude dormir profunda y tranquilamente; sí, pude dormir, aun con el peso del crimen sobre mi alma.

Pasaron el segundo y el tercer día y mi atormentador no volvía. Una vez más respiré como un hombre libre. ¡Aterrado, el monstruo había huido de casa para siempre! ¡Ya no volvería a contemplarlo! Gozaba de una suprema felicidad, y la culpa de mi negra acción me preocupaba muy poco. Se practicaron algunas averiguaciones, a las que no me costó mucho responder. Incluso hubo una perquisición en la casa; pero, naturalmente, no se descubrió nada. Mi tranquilidad futura me parecía asegurada.

Al cuarto día del asesinato, un grupo de policías se presentó inesperadamente y procedió a una nueva y rigurosa inspección. Convencido de que mi escondrijo era impenetrable, no sentí la más leve inquietud. Los oficiales me pidieron que los acompañara en su examen. No dejaron hueco ni rincón sin revisar. Al final, por tercera o cuarta vez, bajaron al sótano. Los seguí sin que me temblara un solo músculo. Mi corazón latía tranquilamente, como el de aquel que duerme en la inocencia. Me paseé de un lado al otro del sótano. Había cruzado los brazos sobre el pecho y andaba tranquilamente de aquí para allá. Los policías estaban completamente satisfechos y se disponían a marcharse. La alegría de mi corazón era demasiado grande para reprimirla. Ardía en deseos de decirles, por lo menos, una palabra como prueba de triunfo y confirmar doblemente mi inocencia.

-Caballeros -dije, por fin, cuando el grupo subía la escalera-, me alegro mucho de haber disipado sus sospechas. Les deseo felicidad y un poco más de cortesía. Dicho sea de paso, caballeros, esta casa está muy bien construida… (En mi frenético deseo de decir alguna cosa con naturalidad, casi no me daba cuenta de mis palabras). Repito que es una casa de excelente construcción. Estas paredes… ¿ya se marchan ustedes, caballeros?… tienen una gran solidez.

Y entonces, arrastrado por mis propias bravatas, golpeé fuertemente con el bastón que llevaba en la mano sobre la pared del enladrillado tras de la cual se hallaba el cadáver de la esposa de mi corazón.

¡Que Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonio! Apenas había cesado el eco de mis golpes cuando una voz respondió desde dentro de la tumba. Un quejido, sordo y entrecortado al comienzo, semejante al sollozar de un niño, que luego creció rápidamente hasta convertirse en un largo, agudo y continuo alarido, anormal, como inhumano, un aullido, un clamor de lamentación, mitad de horror, mitad de triunfo, como sólo puede haber brotado en el infierno de la garganta de los condenados en su agonía y de los demonios exultantes en la condenación.

Hablar de lo que pensé en ese momento sería locura. Presa de vértigo, fui tambaleándome hasta la pared opuesta. Por un instante el grupo de hombres en la escalera quedó paralizado por el terror. Luego, una docena de robustos brazos atacaron la pared, que cayó de una pieza. El cadáver, ya muy corrompido y manchado de sangre coagulada, apareció de pie ante los ojos de los espectadores. Sobre su cabeza, con la roja boca abierta y el único ojo como de fuego, estaba agazapada la horrible bestia cuya astucia me había inducido al asesinato y cuya voz delatadora me entregaba al verdugo. ¡Había emparedado al monstruo en la tumba!

Edgar Allan Poe, uno de mis escritores favoritos. Sus cuentos son mejores que cualquier otro al que se tratase de igualar.

El barril de amontillado

Lo mejor que pude había soportado las mil injurias de Fortunato. Pero cuando llegó el insulto, juré vengarme. Ustedes, que conocen tan bien la naturaleza de mi carácter, no llegarán a suponer, no obstante, que pronunciara la menor palabra con respecto a mi propósito. A la larga, yo sería vengado. Este era ya un punto establecido definitivamente. Pero la misma decisión con que lo había resuelto excluía toda idea de peligro por mi parte. No solamente tenía que castigar, sino castigar impunemente. Una injuria queda sin reparar cuando su justo castigo perjudica al vengador. Igualmente queda sin reparación cuando ésta deja de dar a entender a quien le ha agraviado que es él quien se venga.

Es preciso entender bien que ni de palabra, ni de obra, di a Fortunato motivo para que sospechara de mi buena voluntad hacia él. Continué, como de costumbre, sonriendo en su presencia, y él no podía advertir que mi sonrisa, entonces, tenía como origen en mí la de arrebatarle la vida.

Aquel Fortunato tenía un punto débil, aunque, en otros aspectos, era un hombre digno de toda consideración, y aun de ser temido. Se enorgullecía siempre de ser un entendido en vinos. Pocos italianos tienen el verdadero talento de los catadores. En la mayoría, su entusiasmo se adapta con frecuencia a lo que el tiempo y la ocasión requieren, con objeto de dedicarse a engañar a los millionaires ingleses y austríacos. En pintura y piedras preciosas, Fortunato, como todos sus compatriotas, era un verdadero charlatán; pero en cuanto a vinos añejos, era sincero. Con respecto a esto, yo no difería extraordinariamente de él. También yo era muy experto en lo que se refiere a vinos italianos, y siempre que se me presentaba ocasión compraba gran cantidad de éstos.

Una tarde, casi al anochecer, en plena locura del Carnaval, encontré a mi amigo. Me acogió con excesiva cordialidad, porque había bebido mucho. El buen hombre estaba disfrazado de payaso. Llevaba un traje muy ceñido, un vestido con listas de colores, y coronaba su cabeza con un sombrerillo cónico adornado con cascabeles. Me alegré tanto de verle, que creí no haber estrechado jamás su mano como en aquel momento.

-Querido Fortunato -le dije en tono jovial-, éste es un encuentro afortunado. Pero ¡qué buen aspecto tiene usted hoy! El caso es que he recibido un barril de algo que llaman amontillado, y tengo mis dudas.

-¿Cómo? -dijo él-. ¿Amontillado? ¿Un barril? ¡Imposible! ¡Y en pleno Carnaval!

-Por eso mismo le digo que tengo mis dudas -contesté-, e iba a cometer la tontería de pagarlo como si se tratara de un exquisito amontillado, sin consultarle. No había modo de encontrarle a usted, y temía perder la ocasión.

-¡Amontillado!

-Tengo mis dudas.

-¡Amontillado!

-Y he de pagarlo.

-¡Amontillado!

-Pero como supuse que estaba usted muy ocupado, iba ahora a buscar a Luchesi. Él es un buen entendido. Él me dirá…

-Luchesi es incapaz de distinguir el amontillado del jerez.

-Y, no obstante, hay imbéciles que creen que su paladar puede competir con el de usted.

-Vamos, vamos allá.

-¿Adónde?

-A sus bodegas.

-No mi querido amigo. No quiero abusar de su amabilidad. Preveo que tiene usted algún compromiso. Luchesi…

-No tengo ningún compromiso. Vamos.

-No, amigo mío. Aunque usted no tenga compromiso alguno, veo que tiene usted mucho frío. Las bodegas son terriblemente húmedas; están materialmente cubiertas de salitre.

-A pesar de todo, vamos. No importa el frío. ¡Amontillado! Le han engañado a usted, y Luchesi no sabe distinguir el jerez del amontillado.

Diciendo esto, Fortunato me cogió del brazo. Me puse un antifaz de seda negra y, ciñéndome bien al cuerpo mi roquelaire, me dejé conducir por él hasta mi palazzo. Los criados no estaban en la casa. Habían escapado para celebrar la festividad del Carnaval. Ya antes les había dicho que yo no volvería hasta la mañana siguiente, dándoles órdenes concretas para que no estorbaran por la casa. Estas órdenes eran suficientes, de sobra lo sabía yo, para asegurarme la inmediata desaparición de ellos en cuanto volviera las espaldas.

Cogí dos antorchas de sus hacheros, entregué a Fortunato una de ellas y le guié, haciéndole encorvarse a través de distintos aposentos por el abovedado pasaje que conducía a la bodega. Bajé delante de él una larga y tortuosa escalera, recomendándole que adoptara precauciones al seguirme. Llegamos, por fin, a los últimos peldaños, y nos encontramos, uno frente a otro, sobre el suelo húmedo de las catacumbas de los Montresors.

El andar de mi amigo era vacilante, y los cascabeles de su gorro cónico resonaban a cada una de sus zancadas.

-¿Y el barril? -preguntó.

-Está más allá -le contesté-. Pero observe usted esos blancos festones que brillan en las paredes de la cueva.

Se volvió hacia mí y me miró con sus nubladas pupilas, que destilaban las lágrimas de la embriaguez.

-¿Salitre? -me preguntó, por fin.

-Salitre -le contesté-. ¿Hace mucho tiempo que tiene usted esa tos?

-¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem!…!

A mi pobre amigo le fue imposible contestar hasta pasados unos minutos.

-No es nada -dijo por último.

-Venga -le dije enérgicamente-. Volvámonos. Su salud es preciosa, amigo mío. Es usted rico, respetado, admirado, querido. Es usted feliz, como yo lo he sido en otro tiempo. No debe usted malograrse. Por lo que mí respecta, es distinto. Volvámonos. Podría usted enfermarse y no quiero cargar con esa responsabilidad. Además, cerca de aquí vive Luchesi…

-Basta -me dijo-. Esta tos carece de importancia. No me matará. No me moriré de tos.

-Verdad, verdad -le contesté-. Realmente, no era mi intención alarmarle sin motivo, pero debe tomar precauciones. Un trago de este medoc le defenderá de la humedad.

Y diciendo esto, rompí el cuello de una botella que se hallaba en una larga fila de otras análogas, tumbadas en el húmedo suelo.

-Beba -le dije, ofreciéndole el vino.

Llevóse la botella a los labios, mirándome de soslayo. Hizo una pausa y me saludó con familiaridad. Los cascabeles sonaron.

-Bebo -dijo- a la salud de los enterrados que descansan en torno nuestro.

-Y yo, por la larga vida de usted.

De nuevo me cogió de mi brazo y continuamos nuestro camino.

-Esas cuevas -me dijo- son muy vastas.

-Los Montresors -le contesté- era una grande y numerosa familia.

-He olvidado cuáles eran sus armas.

-Un gran pie de oro en campo de azur. El pie aplasta a una serpiente rampante, cuyos dientes se clavan en el talón.

-¡Muy bien! -dijo.

Brillaba el vino en sus ojos y retiñían los cascabeles. También se caldeó mi fantasía a causa del medoc. Por entre las murallas formadas por montones de esqueletos, mezclados con barriles y toneles, llegamos a los más profundos recintos de las catacumbas. Me detuve de nuevo, esta vez me atreví a coger a Fortunato de un brazo, más arriba del codo.

-El salitre -le dije-. Vea usted cómo va aumentando. Como si fuera musgo, cuelga de las bóvedas. Ahora estamos bajo el lecho del río. Las gotas de humedad se filtran por entre los huesos. Venga usted. Volvamos antes de que sea muy tarde. Esa tos…

-No es nada -dijo-. Continuemos. Pero primero echemos otro traguito de medoc.

Rompí un frasco de vino de De Grave y se lo ofrecí. Lo vació de un trago. Sus ojos llamearon con ardiente fuego. Se echó a reír y tiró la botella al aire con un ademán que no pude comprender.

Le miré sorprendido. El repitió el movimiento, un movimiento grotesco.

-¿No comprende usted? -preguntó.

-No -le contesté.

-Entonces, ¿no es usted de la hermandad?

-¿Cómo?

-¿No pertenece usted a la masonería?

-Sí, sí -dije-; sí, sí.

-¿Usted? ¡Imposible! ¿Un masón?

-Un masón -repliqué.

-A ver, un signo -dijo.

-Éste -le contesté, sacando de debajo de mi roquelaire una paleta de albañil.

-Usted bromea -dijo, retrocediéndo unos pasos-. Pero, en fin, vamos por el amontillado.

-Bien -dije, guardando la herramienta bajo la capa y ofreciéndole de nuevo mi brazo.

Apoyóse pesadamente en él y seguimos nuestro camino en busca del amontillado. Pasamos por debajo de una serie de bajísimas bóvedas, bajamos, avanzamos luego, descendimos después y llegamos a una profunda cripta, donde la impureza del aire hacía enrojecer más que brillar nuestras antorchas. En lo más apartado de la cripta descubríase otra menos espaciosa. En sus paredes habían sido alineados restos humanos de los que se amontonaban en la cueva de encima de nosotros, tal como en las grandes catacumbas de París.

Tres lados de aquella cripta interior estaban también adornados del mismo modo. Del cuarto habían sido retirados los huesos y yacían esparcidos por el suelo, formando en un rincón un montón de cierta altura. Dentro de la pared, que había quedado así descubierta por el desprendimiento de los huesos, veíase todavía otro recinto interior, de unos cuatro pies de profundidad y tres de anchura, y con una altura de seis o siete. No parecía haber sido construido para un uso determinado, sino que formaba sencillamente un hueco entre dos de los enormes pilares que servían de apoyo a la bóveda de las catacumbas, y se apoyaba en una de las paredes de granito macizo que las circundaban.

En vano, Fortunato, levantando su antorcha casi consumida, trataba de penetrar la profundidad de aquel recinto. La débil luz nos impedía distinguir el fondo.

-Adelántese -le dije-. Ahí está el amontillado. Si aquí estuviera Luchesi…

-Es un ignorante -interrumpió mi amigo, avanzando con inseguro paso y seguido inmediatamente por mí.

En un momento llegó al fondo del nicho, y, al hallar interrumpido su paso por la roca, se detuvo atónito y perplejo. Un momento después había yo conseguido encadenarlo al granito. Había en su superficie dos argollas de hierro, separadas horizontalmente una de otra por unos dos pies. Rodear su cintura con los eslabones, para sujetarlo, fue cuestión de pocos segundos. Estaba demasiado aturdido para ofrecerme resistencia. Saqué la llave y retrocedí, saliendo del recinto.

-Pase usted la mano por la pared -le dije-, y no podrá menos que sentir el salitre. Está, en efecto, muy húmeda. Permítame que le ruegue que regrese. ¿No? Entonces, no me queda más remedio que abandonarlo; pero debo antes prestarle algunos cuidados que están en mi mano.

-¡El amontillado! -exclamó mi amigo, que no había salido aún de su asombro.

-Cierto -repliqué-, el amontillado.

Y diciendo estas palabras, me atareé en aquel montón de huesos a que antes he aludido. Apartándolos a un lado no tardé en dejar al descubierto cierta cantidad de piedra de construcción y mortero. Con estos materiales y la ayuda de mi paleta, empecé activamente a tapar la entrada del nicho. Apenas había colocado al primer trozo de mi obra de albañilería, cuando me di cuenta de que la embriaguez de Fortunato se había disipado en gran parte. El primer indicio que tuve de ello fue un gemido apagado que salió de la profundidad del recinto. No era ya el grito de un hombre embriagado. Se produjo luego un largo y obstinado silencio. Encima de la primera hilada coloqué la segunda, la tercera y la cuarta. Y oí entonces las furiosas sacudidas de la cadena. El ruido se prolongó unos minutos, durante los cuales, para deleitarme con él, interrumpí mi tarea y me senté en cuclillas sobre los huesos. Cuando se apaciguó, por fin, aquel rechinamiento, cogí de nuevo la paleta y acabé sin interrupción las quinta, sexta y séptima hiladas. La pared se hallaba entonces a la altura de mi pecho. De nuevo me detuve, y, levantando la antorcha por encima de la obra que había ejecutado, dirigí la luz sobre la figura que se hallaba en el interior.

Una serie de fuertes y agudos gritos salió de repente de la garganta del hombre encadenado, como si quisiera rechazarme con violencia hacia atrás.

Durante un momento vacilé y me estremecí. Saqué mi espada y empecé a tirar estocadas por el interior del nicho. Pero un momento de reflexión bastó para tranquilizarme. Puse la mano sobre la maciza pared de piedra y respiré satisfecho. Volví a acercarme a la pared, y contesté entonces a los gritos de quien clamaba. Los repetí, los acompañé y los vencí en extensión y fuerza. Así lo hice, y el que gritaba acabó por callarse.

Ya era medianoche, y llegaba a su término mi trabajo. Había dado fin a las octava, novena y décima hiladas. Había terminado casi la totalidad de la oncena, y quedaba tan sólo una piedra que colocar y revocar. Tenía que luchar con su peso. Sólo parcialmente se colocaba en la posición necesaria. Pero entonces salió del nicho una risa ahogada, que me puso los pelos de punta. Se emitía con una voz tan triste, que con dificultad la identifiqué con la del noble Fortunato. La voz decía:

-¡Ja, ja, ja! ¡Je, je, je! ¡Buena broma, amigo, buena broma! ¡Lo que nos reiremos luego en el palazzo, ¡je, je, je!, a propósito de nuestro vino! ¡Je, je, je!

-El amontillado -dije.

-¡Je, je, je! Sí, el amontillado. Pero, ¿no se nos hace tarde? ¿No estarán esperándonos en el palazzo Lady Fortunato y los demás? Vámonos.

-Sí -dije-; vámonos ya.

-¡Por el amor de Dios, Montresor!

-Sí -dije-; por el amor de Dios.

En vano me esforcé en obtener respuesta a aquellas palabras. Me impacienté y llamé en alta voz:

-¡Fortunato!

No hubo respuesta, y volví a llamar.

-¡Fortunato!

Tampoco me contestaron. Introduje una antorcha por el orificio que quedaba y la dejé caer en el interior. Me contestó sólo un cascabeleo. Sentía una presión en el corazón, sin duda causada por la humedad de las catacumbas. Me apresuré a terminar mi trabajo. Con muchos esfuerzos coloqué en su sitio la última piedra y la cubrí con argamasa. Volví a levantar la antigua muralla de huesos contra la nueva pared. Durante medio siglo, nadie los ha tocado. In pace requiescat!

Bueno, de tanto buscar por fin lo encontre, y se ve muy bueno asi que a leer se ha dicho, bueno para que entren rapido les dejo el link

Ah, otra cosa que se me olvidaba, el autor de los libros no soy yo, para nada soy yo, Juventud en extasis (los dos) y la fuerza de sheccid son obra de Don Carlos Cuauhtémoc Sánchez y canción para caminar sobre las aguas de el Gran Hernán Rivera Letelier.

Solo eso por ahora, Adios.

Buenas mis queridos lectores de chile y el mundo.

Ha sido un gusto que este blog sea leido en muchas partes del mundo, desde venzuela, chile y hasta españa; cuando su fin inicial era ser leido solo por compañeros de colegio.

Bueno, ahora me veo en el trabajo de anunciar el proximo libro.

Cancion para caminar sobre las aguas.

Hernan Rivera Letelier

Se que muchos lectores del blog quieren que publique libros con los capitulos separados, pero reo que no puedo ya que se haria confuso leer el blog ya que publicare varios libros mas. Pero encontre una solucion, crear paginas para cada libro, asi que podran tener los libros alla, y los resumenes y los analisis en la pagina principal.

Quiero dejar en calro que este resumen esta subido para repaso y analisis del libro y no para difundir la flojera entre mis compañeros si no mas bien para una ayuda a sintetizar el libro.

Análisis e Interpretación de la Obra

JUVENTUD EN ÉXTASIS


Introducción

En el presente trabajo, se analizará el cuento “Juventud en Éxtasis”, obra literaria que cuenta la historia de un joven llamado Efrén Alvear, quien tiene romances con muchas jóvenes hasta que le da una enfermedad venérea, y el doctor Marín le trata esta enfermedad y además le explica lo malo que son estas relaciones sin amor, luego explicaremos más detalles de esta entretenida obra.

Partiremos haciendo una breve reseña sobre la biografía del autor, Carlos Cuauhtémoc Sánchez; luego señalaremos algunas de sus obras más importantes, enseguida se hará un resumen de la narración, para posteriormente analizar la obra, indicando sus repertorios literarios, la descripción de los espacios de la narración, los acontecimientos más importantes dentro de la obra, y las características físicas y morales de los principales personajes.

Finalmente, haremos una crítica general de la obra, estableciendo el tipo de narración, su interpretación y una explicación de su vocabulario.


Biografía del autor

Carlos Cuauhtémoc Sánchez: Nació en la Ciudad de México el 15 de Abril de 1964.

• Se casó en el año de 1986, es padre de tres hijos.

• Es el escritor latinoamericano más leído.


Reconocimientos

  • Escritor del Año
  • Sol de Oro
  • Premio Toastmaster Internacional de la Excelencia en la Expresión Oral
  • Premio Nacional de las Mentes Creativas
  • Premio Nacional de la Juventud en Literatura

• Reconocido por diversas organizaciones como uno de los ideólogos de superación personal y familiar más importante de nuestra época.

• Empresario educativo, titulado en Ingeniería Industrial por el Instituto Tecnológico de Tlalnepantla.

• Especializado en Alta Dirección de Empresas por el mismo instituto y fundador de diversas escuelas a nivel técnico y medio superior.

• Rector del “Instituto para el Desarrollo de Niños con Alto Potencial”, director del “Instituto de Líderes Integrales”.

• Ha realizado presentaciones magnas para la difusión de valores (más de 1000 conferencias) en los principales auditorios de México, Estados Unidos de Norteamérica, Puerto Rico, República Dominicana, Guatemala, El Salvador, Panamá, Colombia, Ecuador, Argentina, entre otros


Obras escritas por el autor

  • Un grito desesperado
  • Juventud en éxtasis 1 y 2
  • La última oportunidad
  • Volar sobre el pantano
  • La fuerza de Sheccid
  • Leyes eternas 1, 2 y 3
  • Dirigentes del mundo futuro
  • Contraveneno
  • Sangre de campeón

Resumen de la obra en estudio

Este libro comienza en que Efrén Alvear un estudiante de odontología se encontraba viendo fijamente a Joana la joven más guapa de la universidad, Efrén se encontraba en la fiesta de final de año, esta joven le había siempre causado una gran admiración por su gran belleza y sobre todo su hermoso cuerpo, esa noche como muy pocas Joana se encontraba sola y sin rastro de su novio, Efrén la veía siempre a cada lugar donde iba, dentro de la fiesta. De repente él se dio cuenta que Joana fue al baño; luego cuando salió del baño él se dirigió hacia ella para topársela como si nada, él primero hizo como si no la hubiera visto y después ya que la tenía al frente la saludo, al oír una canción la invito a bailar y ella aceptó, al estar bailando él interrumpió el baile y la invitó a un trago, estuvo platicando con ella y como si nada se apagaron las luces y pusieron música romántica y antes de que Efrén le diga, ella lo invito a bailar, los dos se pusieron muy juntos y él le dijo que siempre le había atraído, él le sugirió que fueran a algún lugar mas cómodo donde puedan conversar más tranquilos, ella no respondió pero cuando salieron de la pista se fueron a despedir de sus respectivos compañeros.

Ya en al auto él preguntó qué a donde quería ir, ella le dijo que donde él quisiera, él se dirigió a un centro comercial y compro una botella, vasos y cosas de comer, quiso comprar algunos condones pero se sentía imposibilitado ante la presencia de Joana, al llegar al auto él la acaricio y le dijo que siempre la miraba en silencio y la dibujaba, le contó todo de lo que hacia él por tenerla cerca y ella lo miro fijamente con la boca entreabierta y le dio un beso. Él enseguida le dio otro y enseguida se encontraron los dos ardientes, era hora de que él actuara, se dirigió a unos departamentos que él conocía, ella le pregunto que a donde la había traído y él respondió que ahí podían conversar y beber más a gusto, ella se fue a dar un baño y cuando salió solo con la bata paso lo que tenía que pasar.

Ya después en su casa ya habiendo dejado a Joana sintió un ardor en la zona genital al verse encontró una zona dañada con muchas llagas, él se puso a pensar en quién lo había infectado, no sabia quien por que había estado con muchas mujeres, se puso a pensar que había hecho con Joana y ver si podía recordar algún indicio de que Joana tuviera alguna enfermedad, y no tenía nada.

Al día siguiente él enseguida le habló a su amigo y maestro José Luis, este le dijo que él no podía ayudarlo por que era biólogo y no médico.

Efrén se dirigió a la biblioteca de su casa y empezó a buscar un libro de enfermedades venéreas, ahí encontró cada una de las diferentes enfermedades y sus síntomas, él enseguida pensó que era gonorrea, se puso a buscar los números de los doctores, al no encontrar ninguno se puso a buscar en la bolsa de su mamá y encontró el de un doctor llamado Dr. Asaf Marín, le hablo a Joana y le dijo que le había contagiado una enfermedad venérea, ella le colgó y él le hablo al doctor haciendo una cita. Llego con el doctor y se encontró con que la secretaria era una joven muy guapa, el doctor hizo que pase y enseguida él le dijo lo que supuestamente tenía, el doctor lo examinó y le dijo que le iba a hacer unos exámenes, en los exámenes salió que tenía herpes, el doctor le empezó a dar consejos de que los jóvenes ahora quieren tener relaciones antes de casarse y él no esta a favor ni en contra pero le dice que sería mejor que solo tuviera relaciones cuando encuentre a la persona ideal. El doctor le había dado un vídeo sobre el aborto, él lo vio y se sintió mal por que un tiempo antes él había hecho que su ex polola Jessica abortara.

Cuando regreso al doctor a que le den su tratamiento se puso a platicar con la secretaria que se llamaba Dhamar, Efrén la invito a salir y ella acepto, como si nada él estaba empezando otra relación, él se dio cuenta de que esta muchacha era muy retocada y muy centrada (seria y madura), él se enamoro de ella y la noche que salieron le leyó una carta a Dhamar que él había escrito con mucho sentimiento pero ella no estaba enamorada de él porque era muy pronto.

Estuvo saliendo con ella durante mucho tiempo y en ese tiempo él se dio cuenta de los errores del pololeo, que eran la idealización y la premura pasional, también se dio cuenta que el amor se basaba en tres cosas, que le dio el nombre de los tres pilares del amor: eran la intimidad emocional, la afinidad intelectual y la atracción química. Retomando lo de su enfermedad él logro curarse.

Luego de eso Joana lo empezó a buscar junto con sus papás, llego a tanto que los papás de Joana fueron a hablar con la mamá de Efrén por que ellos estaban enterados de lo que había sucedido con su hija, esto le molestó mucho a Efrén, y habló seriamente con su mamá. Joana se encontraba obsesionada por él, pero él ya no se sentía atraído por ella, él solo pensaba en Dhamar.

En esos días Efrén recibió una carta de su hermana quien le dijo que se había casado y que iba a tener un hijo aunque su embarazo era muy riesgoso, ahí le cuenta que al hijo que ella tendría le pondría de nombre Efrén y que también le estaba escribiendo por que sabia que él estaba teniendo muchos problemas emocionales y que ella solo le daba un consejo, que ella ya había encontrado al hombre que la hiciera feliz y que él reflexione sobre su vida. Él se sintió muy feliz por que su hermana le había escrito después de tanto tiempo.

Dhamar y Efrén comenzaron a pololear, estuvieron compartiendo muchas cosas juntos, pasó el tiempo y al fin Efrén fue feliz, encontró a una joven que en realidad si lo quería, se casaron y el día de su noche de bodas en realidad tuvo la satisfacción que había buscado durante muchos años de juventud y de tener relaciones con muchas jóvenes

Después de esto se entera de que el doctor, que lo ayudo tanto lo hacía por otra causa, no solo porque quisiera ayudarlo sino que él era su padre que él creyó muerto hace mucho tiempo, el doctor le explicó como había ocurrido todo, él no lo creía porque durante mucho tiempo creyó que su padre había muerto y su hermana se había ido con su novio. El doctor le dijo que él y su madre habían estado juntos hace mucho tiempo cuando él era muy chico, pero se había alejado de su madre por que no era nadie y no le podía ofrecer nada, es más él era un mal hombre y se alejo de su madre, de él y de su hermana, solo que por un problema que tuvo su madre con su nuevo esposo le dejo a la niña y ella creció con él, su hermana había hecho ya su vida. Asaf se encontró con su esposa una vez en una conferencia, ahí fue donde ya supo algo sobre él pero. Efrén se encontraba muy perturbado, pero Efrén corrió hacia su padre y le dijo lo que durante muchos años había querido decirle a su padre, que lo amaba y que lo necesitaba mucho.

Todo termina en que este ya tiene una hija y le esta escribiendo una carta tratando de aconsejarla, sobre todo lo que él sabía que era sobre los jóvenes y sus problemas.


Repertorio de motivos literarios

  • EL AMOR: 1 El noviazgo entre Efrén y Dhamar. 2 El amor de Efrén hacía su padre.
  • REMORDIMIENTO: 1 .De Efrén al saber la realidad sobre los abortos.
  • FELICIDAD: 1 Que sintió Efrén al casarse con Dhamar. 2 Que sintió Efrén al saber y conocer a su padre que le habían dicho que estaba muerto.

Descripción de los espacios de la narración

6.1. Físico

Los espacios físicos son los que de acuerdo a la narración, se determinan en:

-El lugar donde se hizo la fiesta de fin de año.

-Luego en el departamento donde van junto con Joana.

-La casa de Efrén.

-La clínica de doctor Marín.

6.2. Psíquico o mental

Un espacio mental está definido por el salto temporal que se presenta durante la narración, en que la historia se cuenta en un orden distinto a lo que realmente ocurre, como cuando la mamá de Efrén le cuenta su pasado a él, igualmente el padre de él.

También cuando Efrén recuerda que su novia Jessica abortó un hijo de él.

Acontecimientos importantes de la obra según un orden cronológico

1. La fiesta de final de año, en la cual estaba Joana.

2. Efrén lleva a Joana a un motel.

3. Efrén tiene relaciones con Joana.

4. Efrén se da cuenta que tiene una enfermedad venérea en él pené.

5. Efrén va a un medico especialista en el tema de enfermedades venéreas.

6. En la clínica Efrén conoce a Dhamar.

7. El doctor le dice a Efrén que tiene Herpes.

8. Efrén comienza a salir con Dhamar.

9. Joana con sus padres van a hablar con la mamá de Efrén por lo que ocurrió con su hija y él.

10. La mamá de Efrén habla con él y le cuenta su verdadero pasado sobre su matrimonio (del papá de Efrén).

11. Efrén recibe una carta de su hermana que le cuenta como esta todo en su vida y le da un consejo.

12. Efrén contrae matrimonio con Dhamar.

13. Efrén y su esposa Dhamar se van a despedir del doctor porque el se va a vivir a un lugar lejano; ahí el doctor le confiesa a Efrén que era su padre.

Caracterización de los personajes

. Principales y secundarios


8.1.1.Principales

  • Efrén Alvear.
  • Doctor Asaf Marín
  • Dhamar

8.1.2.Secundarios

  • Mamá de Efrén
  • Marietta
  • Joana
  • Jessica
  • José Luis

8.2. Características físicas de los personajes más importantes

- Efrén Alvear: Es un joven estudiante de odontología en la universidad, un conquistador de mujeres, su situación socioeconómica era mala pero ha ido progresando en cuanto a lo

-Dr. Asaf Marín: Doctor especializado en disfunciones sexuales, apariencia de aspecto alto, un poco canoso, era imponente y con arrugas en los párpados, su estado socioeconómico es muy bueno

-Dhamar: Una joven trabajadora y estudiante es muy culta e inteligente; su estado socioeconómico es bueno y no le gustan las relaciones sin amor.

8.3 Psicológica (cómo piensa el personaje)

-Efrén Alvear: Al principio de la historia nuestro amigo pensaba que las relaciones prematrimoniales, el aborto, etc. eran buenas pero luego de una larga conversación con el doctor Marín cambio su opinión del tema porque vio como era la realidad de este asunto. Él aprendió a valorar el verdadero amor y no solo el placer carnal.

-Dr. Asaf Marín: Como ya dijimos, él es doctor en disfunciones sexuales. Él pensaba que el amor era para siempre y el matrimonio también y no había que abortar o tener relaciones con cualquier mujer por puro placer sino que tenerlo pero con la mujer que uno ama. Es una persona muy inteligente, se caso dos veces y la ultima esposa se murió.

-Dhamar: Era muy inteligente y leía todos los libros del doctor Marín entonces tenía una forma de pensar muy parecida a la de él.

8.4 Moral (cómo actúa el personaje)

-Efrén Alvear: Es un joven que al principio de la historia vive la vida sin importarle el amor real. Y al final logra apreciar el verdadero amor.

Narrador

La obra está narrada en primera persona, ya que el que la cuenta es Efrén, el principal.

Ejemplo: “Hay una joven con la que tuve relaciones —comencé titubeante– que quiere vengarse de mí…


Tipo de Narración

El tipo de narración del libro es “In media res” ya que la historia es contada mientras Efrén está vivo.

Crítica

Encontramos que esta obra permite que los jóvenes reflexionen sobre lo valioso que puede ser el amor, y sobre lo importante que es siempre dar cariño a quienes nos rodean.

Esta obra nos enseña lo importante que es el amor en la vida. Este libro yo se lo recomiendo a todos los jóvenes para saber claramente cómo fundamentar una relación amorosa constructiva y duradera.

Interpretación de la obra leída

Esta obra nos explica que la vida de un joven puede ser motivo de felicidad el placer de tener relaciones con varias mujeres, pero lo que verdaderamente importa no es solo el placer, sino que también el placer junto con el amor.

Antes de contraer matrimonio uno tiene que pensar en las tres cosas fundamentales o pilares del amor: La intimidad emocional, la afinidad intelectual y la atracción química.

Vocabulario

Celibato: Soltería.

Lascivo: Libidinoso, lúbrico, lujurioso, vicioso, obsceno, carnal.

Incontinente: Desenfrenado en las pasiones de la carne.

Proclives: Propenso, tendente, inclinado.

Sepelio: Entierro.

Elucubraciones: Creaciones, invenciones.

Clímax: Apogeo, auge.

Escozor: Sensación dolorosa parecida a la de una quemadura.

Erigida: Instituida, formada, creada.

Renglones: Líneas, secciones.

Mico: 1Mono de cola larga. 2Hombre feo.

Candidez: Calidad de cándido.

Prolija: Detallada, minuciosa, meticulosa.

Misiva: Carta, nota, escrito.

Vehemente: Apasionado, ardiente.

Cimiento. Principio, raíz, origen.

Deflagración: Quema, combustión ardimiento.

Júbilo: Alegría, gozo, satisfacción.

Apremiante: Indispensable, inevitable, imperioso.

Ecuánime: Imparcial, objetivo, justo.

Inciso: Dividido, cortado, partido.

Bragas: Prenda interior femenina a modo de calzón.

Languidecer: Debilitarse, extenuarse.

Yerros: Errores, equivocaciones, fallas.

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